Falsa reseña (fragmentos) por Felipe Posada Obregón

Yo no debería escribir lo que escribo, sino meditar. Poner la mente en off, dejar de pensar. La película que vi hoy de Bergman me dejó pensando. Todas las películas me dejan pensando. A veces pienso que si sigo viendo cine jamás voy a poner mi mente en blanco.

Me gusta escribir en las mesas de los restaurantes, de los peruanos preferiblemente. Si transcribiera ahora mismo lo que tengo en el cuaderno, tendría un cuento. Desordenado, aburrido, narciso, pero cuento al fin al cabo. El insomnio también es una especie de aburrición. Aburrido por no poder dormir, me pongo a escribir.

Aún recuerdo el placer que sentía cuando escribía en las mañanas, con esa luz del sol naciente, saboreando cada sorbo de café, cada plon de marihuana. Ahora me tomo un agua de manzanilla. Ya ni si quiera sé por qué lado sale el sol. Son las dos de la madrugada y no me da sueño. Mi cuarto no tiene ventana. ¿En qué momento perdí la mañana?

He escrito muchas cosas, pero no sobre cine. Se supone que debo escribir sobre cine. El cine me maravilla, me transporta, me refugia. Pero escribir sobre eso sería repetirme, o empalagarme. Escribo sobre las cosas que me aburren, o cuando estoy aburrido. Escribo cuando me da el insomnio, es decir, noche tras noche. Empiezo a aceptar su naturaleza desveladora. Si se trata de una enfermedad, estoy enfermo. Cuando escribo de noche no distingo entre el dolor y la muerte. Sufro trabajando.

He estado yendo a cine uno o dos días por semana. Dry Martina, Las olas, Saraband, diferentes autores, diferentes teatros. Me hice amigo de una jovencita caleña en el festival de cine colombiano, Lina, Lina Caliwood. Así le puse en el contacto, no sólo por ser caleña sino por haber visto juntos el ciclo de Ospina.

Logo Festival de cine colombiano

Las películas de Luis Ospina se parecen a los libros de Roberto Bolaño: cuando uno las ve dan ganas de hacer arte. Recordé a Lorenzo Jaramillo en su mejor versión. Recordé que alguna vez había escrito un poema sobre su pintura en París, o sobre lo que me había inspirado aquel documental llamado Nuestra Película. En Fernando Vallejo (aquí empieza la farsa), en su incesante retrato se repite una obsesión constante de Ospina: el fracaso del arte, el fracaso de hacer arte me refiero. Los fracasados, como lo que quiero escribir. Empezar con algo que se vuelve otra cosa. El fracaso en general es algo que Ospina admira. En La desazón suprema hay complicidad, camaradería, una especie de devoción por lo turbador, por la provocación. Por eso se llama La desazón suprema. No hay otro escritor colombiano donde se lea semejante desilusión, semejante defraudación. Viéndolo a través de los ojos de Ospina enternece. Aparece como un viejito bonachón, siempre sonriente, de buen humor, feliz y juguetón. Una cara que nadie había visto del escritor antioqueño. Las partes donde se pone serio, amargo, provocador, subversivo, rancio, casi pálido, es cuando lee sus propios textos. Además es un pésimo lector (quizá porque no es poeta), carente de teatralidad, de música. Su escritura pues se trata de una enfermedad. Él mismo dice que quiso ser músico pero no tuvo música en su alma.

La mujer del animal de Gaviria es tan fuerte, tan agresiva, tan estéticamente aterradora que haber visto La desazón suprema inmediatamente después fue refrescante, relajante. Vallejo pasa de ser un ogro incomprendido a un tierno abuelito maricón. Estoy mezclando las cosas, quizá haya sido un artificio de la programación. Indudablemente fue buena idea haber puesto a Vallejo después de Gaviria en el festival.

La mujer del animal

El verdadero monstruo de las tinieblas es Gaviria, Víctor Gaviria. Sin duda una leyenda más en la historia del cine colombiano. La mujer del animal me dejó perplejo. Si bien el tema de la comuna, de los actores naturales, de la prostitución, las drogas, los sicarios, de las madres de los sicarios (ese cine colombiano que los colombianos no queremos ver) en Gaviria se repite a lo largo de su carrera cinematográfica, La mujer del animal añade un condimento clave a la sopa corriente de nuestra realidad nacional: el sórdido tema de la violencia de género. Pero no sólo la violencia de género, dijo Sebas, sino el tema del poder. Esa niña es una metáfora del país, muerta de miedo, encerrada, reprimida, violada. Y el animal es el poder, la corrupción, la fuerza de las armas, la virulencia social, la violencia de género. Qué personaje más diabólico rescata Víctor de la cotidianidad. Un violador. Un borracho. Decir machista es no decir nada ¿Qué es ser machista? Este lo que es es un depravado asesino. Hay tanta tensión entre el espectador y el protagonista, se siente tanta impotencia, hay tanta maldad a lo largo del film que uno acaba por ser también la víctima. Uno encarna el país mismo, se convierte en la mujer violada, secuestrada, pisoteada. En Gaviria el cine negro no es negro, sino una especie de espejo mate de los barrios marginales. Por eso cuando nos dijeron que no había cupo para entrar a La desazón, dijimos bueno, pero menos mal mataron al animal.

Después de franquear varias cuadras desde Corrientes hasta Marcelo T. Alvear llegamos al chuso y lo que sonaba era reguetón. Mónica contó que todo había comenzado así, tomándonos unas birras con unos amigos, dijo. La cerveza ya estaba haciendo efecto. Pensé que todo había comenzado por el fin, dijo Franky. Entre cerveza y cerveza me fui dando cuenta de cómo había nacido el festival. Mónica y Laury fueron de las fundadoras. Mónica bogotana y Laury alemana, la alemana de los ojitos de tinto y su hondo acento de color gravitacional. Esa noche fue la única vez que disfruté del after festival. Nos fuimos a tomar unas cervezas a un kiosco (me gustaría usar la palabra chuso) donde, según ellas, ponían vallenato y salsa y cosas buenas. Caminamos, es tan agradable caminar por Buenos Aires. Hacía frío. Sebas se despidió a mitad de camino mientras Franky me trataba de explicar sobre el proyecto de Playtime. Era igual a lo que Pacho me había dicho, pero en palabras de Franky.

Ví la cara de Rebeca mientras bajaba por las escaleras eléctricas del complejo teatral. El edificio del cultural San Martín parece la nave espacial de Solaris. Empecé a silbar con las dos manos, ella estaba tan distraída en sus pensamientos que no se daba cuenta. Me dio risa. Hasta que no me tuvo en frente no se dio por enterada. Se rio, nos saludamos. Lo primero que me dijo fue que buscara mi boleta, porque ya se había quedado sin boleta para  Amazona.

Había un afiche detrás de nosotros de Martes 13 que decía: volvieron los asesinatos. Pensamos que era una campaña de Duque. Las chicas de adelante apoyaron la idea. Luego pasó una jovencita muy amable ofreciéndonos unos papelitos para que votáramos por el corto. Reconocí a la chica alemana y le pregunté por el tinto. Me dijo que no habían podido traer el café de Colombia este año por un problema burocrático. Volví a la fila y vi que Sebas llegaba con cara de Sebas. En efecto ya se estaban acabando. Le presenté a Rebeca. Sebas ya tenía boleta, un tipo rápido.

Fuimos a comer algo a la calle. Cuando volvimos fue tan fácil colarnos que parecíamos en Bogotá. Se supone que nadie se podía hacer en el pasillo, reglas del San Martín. Sin embargo, allí estábamos nosotros, todos torcidos, sentados en el pasillo del teatro como mirando los carros pasar desde un andén. Nos habíamos quedado sin entrar a La Desazón suprema, no porque hubiéramos llegado tarde sino porque estar viendo La mujer del animal. Esa película dura más de dos horas. Empezó a las 6 y la siguiente empezaba a las 8. Cuando salimos ya la cola era tan larga que nos dejaron sin boleta. Lo bueno fue que mataron al animal, dijo alguno de nosotros tratando de consolar una escena absurda.

Captura de pantalla 2018-09-14 a las 22.17.07

Hecho en realidad con las uñas, concebido sobre la mesa de algún bar en Buenos Aires, el festival significó para mí poder ver la obra completa de Luis Ospina. Se podría decir en una falsa reseña que ha sido un éxito, es decir, con errores pero éxito al fin al cabo. Más importante quizá que ofrecer tinto gratis como en los ciclos del año pasado, era haber dispuesto de una sala grande. Mucha gente que se quedó por fuera. Sin embargo, haber escuchado las palabras de Luis Ospina, haberlo visto (con Lina nos hicimos la foto) pagó la boleta. Lo más importante ya pasó, haber conocido a los de la rosca. Igual sigo sin saber qué escribir. Ospina el agua, Caicedo el viento, Mayolo el fuego. Esa idea surgió de la mesa del after festival como una revelación. En un país dónde matan a los líderes sociales hay otros que se matan conscientemente, como Caicedo; otros que se suicidan a largo plazo, como Mayolo; y otros que van mucho más lentamente, como Ospina. Por ahí podríamos empezar la reseña.

Buenos Aires, 2018

Felipe Posada Obregón

 

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