Nadie nos mira Por Diego Cruz

Acababa de aterrizar en Cali, después de pasar una corta estancia en Nueva York, cuando me crucé en un cine con el afiche de “Nadie Nos Mira”, el tercer largometraje de la realizadora argentina Julia Solomonoff. Sin más información que la foto de un hombre mirando con un gesto apesadumbrado los rascacielos de Manhattan, entre al cine. Filmada bajo el magnífico telón de fondo de Nueva York, ciudad donde la realizadora reside desde fines de la década pasada, la película me pareció en ese instante poseedora de una verdad innegable acerca de esa gran mole de ciudad y los cientos de inmigrantes latinoamericanos que viven en ella, contando los días para regresar a sus países de origen, pero posando con una sonrisa estúpida en sus redes sociales. Como si el desarraigo, el fracaso, la humillación de ser solo un sudaca más haciendo los trabajos que los gringos no quieren hacer, no fuera con ellos, y estuvieran, al contrario, triunfando en la gran manzana.

Pero esa es solo una verdad de tantas. Como sucede cada vez que veo una película que me gusta corrí a leer las críticas en Internet y me encontré con unas palabras de la directora. Me llamaron en especial la atención: “Hoy en día lo veo, con gente que tendría más posibilidades creativas y profesionales si volvieran a sus países, pero no lo hacen porque creen que Nueva York hace parte de su identidad, como si vivir allí fuera un éxito en sí mismo”. Es cierto, pensé, apenas leí ese párrafo. Sin embargo, los días fueron pasando y hoy puedo decir que veo la película con otros ojos. Como lo dije anteriormente, cuando vi la película acababa de llegar de Nueva York. Allá conocí a muchos latinoamericanos y puedo decir que cada uno de ellos tenía una visión diferente de lo que significa vivir como inmigrante en la gran manzana.

Recuerdo con exactitud al primer inmigrante con el que trabé conversación. Su nombre era Fidel. Era un mexicano que trabajaba en un restaurante como repartidor de domicilios. Lo recuerdo muy bien porque luego de intercambiar algunas palabras me pregunto: “y tú, colombiano, ¿cómo llegaste a los Estados Unidos?” La pregunta me pareció algo obvia así que le respondí a la ligera: “en avión, como todo el mundo, parcero”. Luego tratando de huir de un silencio que me pareció algo incómodo, le pregunté: “y vos, ¿cómo llegaste?” Fidel me respondió con el pecho henchido de orgullo: “yo llegue como llegamos todos los mexicanos a los Estados Unidos, caminando, carnal”. Me di cuenta entonces de que para él haber llegado a Nueva York era una proeza, y sin duda lo era, y se había ganado a punta de sudor su derecho de vivir en la ciudad. Conocí otros casos como el de Fidel. Muchos de ellos orgullosos de su origen latinoamericano, pero conscientes de que sus vidas estaban mejor en los Estados Unidos, que en sus países de origen. Como si nacer en un país del tercer mundo fuera ya una desgracia de la que hay que huir a toda costa, y es verdad.

“Nadie Nos mira” nos cuenta la historia de Nico, un afamado actor argentino que, debido a un ruptura amorosa, decide probar suerte en Nueva York y mientras el papel de su vida llega vive en un sofá, trabaja en un bar y cuida, de vez en cuando, al bebé de una amiga. Trabajos que él toma como temporales, pero que poco a poco se van convirtiendo en sus únicas fuentes de dinero. Y es así como el Nico, que viéramos en los primeros minutos dispuesto a mantenerse firme en la búsqueda de sus sueños a pesar de las dificultades, se va desdibujando a tal punto que hacia el final de la película llega incluso a afirmar que “eso de la actuación era cosa del pasado”. Y es aquí donde la película traza una diferencia con otras que tocan el tema de el american dream. Nico no es el inmigrante latinoamericano promedio que llega a los Estados Unidos con una mano adelante y otra atrás. No. Nico es un tipo exitoso que lo tenía todo en su país: fama, dinero, un apartamento, pero termina siendo engullido por ese monstruo de mil tentáculos que es Nueva York. Es así como Solomonoff elige contarnos una historia de un inmigrante, pero desde otro punto de vista y además de una manera muy sencilla y a través de sutilezas.

“Nadie nos mira” como todas las buenas películas nos habla desde la vida misma y corresponde al espectador ver si ese pedazo de realidad le susurra directamente a sus oídos. Después de verla no cabe duda de que la directora ha vivido en carne propia el desarraigo y sabe de lo que habla. Resultan épicas esas escenas de Nico deslumbrado con los tesoros que encuentra en la basura: zapatos nuevos, ropa de marca desechada, muebles en perfecto estado, electrodomésticos, etc. A través de los ojos de Nico, nosotros, los hijos pobres del sur del continente, constatamos que la basura del primer mundo, son los lujos del tercero. En fin. En pocas palabras, la película es un dardo dirigido a aquellos que tienen una carrera profesional y posibilidades de un trabajo en su país, y están en Nueva York persiguiendo el american dream como meseros, deliverys, friegaplatos, barrenderos, jardineros, etc. A ellos la película parece decirles que lo mejor es regresar y quedarse en sus países de origen, pues en Nueva York, se puede correr el riesgo de perder el rumbo y olvidarse de quién se es. Puede ser cierto, pero solo para unos pocos. Porque para la gran mayoría de latinoamericanos ninguneados que no tienen nada que perder. Los desesperados, parias, desadaptados, don nadies, profesionales bacantes que en sus países de origen se arrastran de puerta en puerta buscando un empleo con sus títulos como fardos bajo sus espaldas. Para ellos y todos los desheredados de este mundo, poco puedes importarles que en Nueva York, Nadie nos mira.

 

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